martes, 16 de septiembre de 2014

Diez años después

Diez años y todavía no se ha hecho justicia
Hace unas semanas, leía en la web Grantland un artículo que celebraba los diez años del estreno en EEUU de The Brown Bunny, la (al menos para mi) obra maestra de Vincent Gallo. El texto no solo se centra en aspectos de la película, sino también en lo que suscitó más polémica en su momento: el enfrentamiento entre el director y la mayor parte de los críticos que la vieron -y vapulearon- en el Festival de Cine de Cannes de 2003, a la cabeza de los cuales se encontraba el excesivamente mitificado (y recientemente fallecido) Roger Ebert. El famoso crítico del Chicago Sun-Times la llamó «la peor película proyectada jamás en Cannes», pero más adelante, tras ver una nueva versión a propósito del estreno en salas, rectificó. A su manera, porque decía que el remontaje le había sentado muy bien, a lo que Gallo respondió que era imposible que una película que era la peor de toda la historia del festival de Cannes, pasase, tras recortarle veinte minutos, a ser buena.

Para mi The Brown Bunny no es solo buena. Es una obra maestra. Una película de sentimientos a flor de piel, desprovista de todo artificio (únicamente una prótesis de plástico) y donde acompañamos de manera casi obsesiva al protagonista en su via crucis emocional. Gallo no quiso hacer elipsis, sino mostrar a través del paso del tiempo la crisis personal de su protagonista que, proyectada sobre el paisaje (un inacabable desierto solo interrumpido por la línea de la carretera) parecía apelar al sentimiento hacia un país, hacia una historia. Gallo, que había debutado como actor en Doc's Kingdom de Robert Kramer, en la que interpretaba al hijo del protagonista (un alter ego del propio director, exiliado en Portugal) parecía seguir los pasos del Kramer posterior, construyendo su propia Route One, un viaje lento y terrible por una América destartalada y herida emocionalmente. Pero tampoco hace falta irse tan lejos en interpretaciones, The Brown Bunny es una película muy sencilla, sobre un hombre que solo es capaz de amar haciendo daño, y que tras caer lo más bajo posible, vive solo para el arrepentimiento, incapaz de superarlo.

Dejando de lado la película (una de mis favoritas de todos los tiempos) y volviendo a la polémica, el caso de Ebert no fue único. Entre nuestra élite crítica, el film fue igualmente vapuleado. Vamos a pasar de Boyeros y Otis, porque lo que pueden decir de una película como esta es absolutamente intrascendente. Vamos a centrarnos en otro crítico, uno que, nada más leer el artículo de Grantland me vino inmediatamente a la cabeza, ya que su reacción al trabajo de Gallo fue tan violento y furibundo que es difícil de olvidar:

«Después de la esperanzadora rareza que supuso Buffalo 66, Vincent Gallo se escribe, se retrata, se encuadra y se dirige a sí mismo, a lomos de una Honda 77, en una especie de home-road movie narcisista y autoindulgente que no lleva a ninguna parte y cuya verdadera entidad no supera la de un súper 8 adrenalínico propio de los delirios lisérgicos de los años sesenta o primeros setenta. Tan enamorado de sí mismo y de la mitad de su rostro (presencia obsesiva en la pantalla) como de su propio pene (objeto de felación a cargo de Chloe Sevigny, en primer y detalladísimo plano al final del relato), el actor entregó la obra más egocéntrica y más banal de todo el certamen. Cine de autoría enfermiza para consumo masturbatorio de un patético Juan Palomo supuestamente alternativo, pero sin nada que decir ni que contar, más allá del viaje hacia la nada, tuvo la virtud de convertirse en la película peor calificada por los paneles de la crítica en toda la historia del festival (por debajo, incluso, del Asesinos de Kassovitz) y solo concitó la perplejidad que provocaba el desvarío -ciertamente audaz- que suponía su inclusión en la sección oficial y competitiva del certamen»

Y ahora, muchos amigos lectores se preguntarán, ¿quién escribió semejante burrada? ¿Cuál de los sospechosos habituales de este blog fue capaz de juntar estas letras para humillar de manera cobarde el trabajo de un director? No son Toni García Ramón o Gregorio Belinchón, que de aquellas no trabajaban aún en El País y seguramente estaban en su casa devorando series norteamericanas (aunque en 2003 aún no era trendy, así que a saber). El autor es ni más ni menos que Carlos F. Heredero, el flamante director de Caimán Cuadernos de Cine, antiguamente llamada Cahiers du Cinéma España. El texto, sin embargo, pertenece a su etapa como redactor de Dirigido por..., al número 324 de junio de 2003 (aquí una digitalización de esa página). Aparecía este suelto de Gallo en una crónica dedicada al festival de Cannes, donde también se decían disparates como que Dogville (sí, la de Lars Von Trier) era «sin duda, la única película del festival capaz de plantear nuevos retos al cine contemporáneo». Sí, Dogville, la película con los escenarios hechos a tiza. Sí que debió plantear un reto importante que no dejó una sola heredera, ni siquiera Von Trier fue capaz de terminar la trilogía prometida.

Vincent Gallo tras enterarse de que Heredero le llamó «patético Juan Palomo supuestamente alternativo»
Pero voy a dejar de lado opiniones y gustos personales, porque al fin y al cabo, lo que Heredero escribe sobre The Brown Bunny estaría igual de mal si la damnificada fuese Dogville. Ese lenguaje barriobajero («Cine de autoría enfermiza para consumo masturbatorio de un patético Juan Palomo supuestamente alternativo») y ese continuo ataque personal, como si Gallo le hubiese hecho algo al crítico, es ciertamente intolerable. Y podemos pensar que tras escribirlo y recibir palos de algunos colegas, Carlos F. Heredero se arrepintió y fundó el Caimán/Cahiers como penitencia, para dar paso a una «nueva crítica». Efectivamente, todos tenemos derecho a equivocarnos y no hay que estar recordando siempre los errores del pasado. El problema de Heredero es que parece que no aprende y en el último festival de Cannes dedicó esta cariñosa reseña al primer film como director de Ryan Gosling: «Dice explícitamente Ryan Gosling, al hablar de este su primer film como realizador, que la película es el regalo que le han hecho los directores con los que ha tenido oportunidad de trabajar anteriormente. Es una confesión que le honra, pero debería añadir que no solo los cineastas con los que ha trabajado, sino también aquellos otros a los que sin duda admira. El resultado, sin embargo, es un indigesto pastiche que se le atraganta a su director, y a los espectadores, casi de inmediato a base planos estrambóticos, iluminaciones turbias, atmósferas espesas, retorcimientos narrativos y mucho desequilibrio visual que ni se sostiene sobre nada ni tampoco llega a ninguna parte. La mala digestión del David Lynch de Mulholland Drive y del Nicolas Windign Refn de Solo Dios perdona produce un empacho que gira sobre sí mismo y que se hunde en propia y hueca artificiosidad. El crítico confiesa que solo pudo aguantar una hora de película y que se salió espantado de tanta pretenciosidad vacía, de tanta impotencia expresiva y de tanto préstamo tan mal tomado que casi todo parece plagio. ¿Qué pinta este engendro en un festival serio, si no es como anzuelo para colocar a Ryan Gosling en la alfombra roja y sostener así la cuota de glamour…?»

Puede que no haya tantos insultos personales como en el texto de Gallo, pero en fin, es lo último que esperas encontrarte por parte del director de la revista más importante (o una de las más importantes, para que no se enfaden mis lectores de Dirigido) de crítica en España. Ese orgullo final por haberse ido de la sala, como diciendo «chúpate esa, Ryan» es muy infantil y, por supuesto, lo último que te esperas de un crítico tan reputado y -si no me equivoco- profesor universitario. Y vale, la película de Gosling no tiene muy buena pinta. De hecho, el trailer da bastante miedo y recuerda a Nunca he estado en Poughkeepsie, de Àngel Sala. Pero el trabajo de la crítica de cine implica cierta elegancia, cierto respeto hacia los trabajos ajenos, no solo por decencia, sino también por humildad en el criterio. Un crítico debe defender con convicción sus opiniones, pero también saber que esa misma película que a él no le gusta nada, a otra persona, con sus propios criterios, le puede parecer fantástica. Y por eso mismo, en nuestras críticas negativas hay que dejar espacio, asimismo, para la disidencia.

Y como regalo final, otro documento sobre Carlos F. Heredero, una pequeña biografía que me ha pasado un lector, sacada de uno de sus libros, no recuerdo cuál, de cuando Heredero era el James Harden de la crítica española:

No hay pie de foto que le haga justicia. Lo siento.

domingo, 18 de mayo de 2014

Esquizofrenias de Cannes

Depardieu fotografiándose con críticos de cine españoles
Antes de nada, habría que aceptar que todo lo que se escribe sobre un festival no tiene mucha validez. En un festival de cine no se lleva una vida cómoda, aunque parezca que es solo estár tirado viendo películas. Hay que hacer colas, hay que correr de una sala a otra, hay que buscar entradas y un montón de cosas que te hacen perder el tiempo de manera estúpida. Luego, además, muchos periodistas quieren al mismo tiempo tener tiempo para el ocio, en algunos casos compulsivos como Boyero y su tropa, que parecen que a veces pasan más tiempo en los bares, con mirada melancólica por los tiempos perdidos, a medio camino entre una novela de Hemingway y una canción de Bob Dylan. Escribir, en cualquier caso, es un problema. Y con internet más, porque debido al afán de exclusividad e inmediatez, se hace rápido y con poco cuidado. En este festival de Cannes, por ejemplo, el sirviente de Boyero, que en esta ocasión es Tommaso Koch (parece que Belinchón ha ascendido y ya no tiene que dedicarse a llevarle los cafés a su mimado jefe), escribe sobre The Homesman de Tommy Lee Jones diciendo que es la segunda película del director, cuando es la tercera. Pequeños errores que solo se pueden considerar graves si no lo solucionan. De momento no lo han hecho. Pero bueno, es un error comprensible dado la velocidad y la exigencia con la que hay que escribir.

Los errores, comprensibles. La maldad, la esquizofrenia, el mal gusto, la grosería, eso no. Un ataque de esquizofrenia digno de Norman Bates es lo que ha tenido el cada vez más pomposo y crecido Luis Martínez, que se fue ayer a ver la película de Ferrara a la playa y salió muy cabreado. La película tiene todo lo que les gusta a los periodistas: morbo, sexo, polémicas extracinematográficas -es la propia productora la que se encarga de promocionar la mierda que dicen sobre el film- y responsables artísticos que dan mucho juego debido a su naturaleza viciosa y autodestructiva (Depardieu y Ferrara, ni más ni menos). Lo último que importa es la película. El texto de Martínez se titula Una chapuza orgiástica de poder y dinero (y sexo, claro), y habría que preguntarle si se refiere al film que en teoría reseña o a su propia crítica, un auténtico disparate en el que se cita más de una vez a Eurovisión, a los ruidos exteriores que se escuchaban desde la sala y a un montón de taras psicológicas del propio cronista. Como la película se ha estrenado en buena parte de Europa en el formato Video on Demand, ya puedo decir que solo estoy de acuerdo en una frase de toda la sarta de disparates que suelta. Es esta: «uno no puede por menos que sospechar que el problema es propio, que no ajeno». Efectivamente, es problema suyo y voy a demostrarlo.

Mirad lo que dice en otro párrafo: «La película sigue paso a paso lo sucedido al que fuera director del FMI, pero sin el más mínimo amago de guión, estructura o intención. Los actores hablan como se rascan, por puro efecto reflejo; simple ruido sin otra intención que desesperar a la concurrencia. Depardieu, en concreto, va mezclando inglés con francés con la misma soltura con la que los patos ladran. Nada tiene sentido». Para empezar, lo que no tiene sentido es la argumentación que hace, puesto que si sigue paso a paso lo sucedido, es que algo de guión, estructura o intención sí que hay. Pero no es eso con lo que quiero quedarme.

Digamos que la película de Ferrara trata sobre un tipo que es una mala persona, un corrupto, un nuevo rico aupado a los altares por nuestro terrible sistema capitalista. ¿A qué me suena esto? Se ha hecho recientemente una película similar: The Wolf of Wall Street de Martin Scorsese. Tras establecer esta relación y leer las sandeces de Martínez, me dio por buscar y leer su comentario sobre la película del director de Taxi Driver. Y entre el típico lenguaje espectacular de este cronista, basado en acumular frases retorcidos y pensamientos elevados sobre la alta y la baja cultura, hay un párrafo que merece la pena destacar: «De hecho, toda la película es exactamente el tema del que trata: dinero. Todo lo que toca desaparece. No hay secuencias, escenas, diálogos, tramas; no hay un protagonista, secundarios, figurantes; no hay presentación, nudo, desenlace. Por no haber no hay ni director. Como ese sueño irrealizable de una novela sin cada uno de los componentes de una novela; una novela tan vacía de sí misma que sólo puede ser pura novela (piensen, si pueden, en 'Finnegans Wake'); así es, decíamos, 'El lobo de Wall Street'. Sólo cine». Ahora volved a leer lo que dice sobre la película de Ferrara, en el párrafo anterior. Es tremendo que prácticamente lo mismo que hace buena a The Wolf of Wall Street haga mala a Welcome to New York. Este patinazo de Martínez muestra tanto la estupidez a la que ha llegado el lenguaje de la crítica cinematográfica (basada en utilizar lenguaje técnico -guión, dirección, planificación, ritmo, narración- y añadirle adjetivos maximalistas) como la superficialidad y caducidad de todo lo que se escribe en los festivales de cine. Porque en la mayoría de estos textos no hay pensamiento fuerte, simplemente una descripción de filias y fobias del escritor en un clima de alta presión laboral.

Algo así le pasa también a Boyero, aunque sin lo de la presión laboral. En su última crónica habla de Saint Laurent, la película sobre el famoso modisto francés que estrena en Cannes Bertrand Bonello, el director de L'Apollonide. Nada más empezar suelta: «No te ríes nada en Saint Laurent, la biografía de aquel modisto (antes los llamaban así, no iba aparejado machaconamente el título de artista) llamado Yves Saint Laurent». Como siempre, la puyita de Boyero contra el arte, o contra la banalización del mismo. Pero atención que solo un párrafo después, unas líneas más abajo y tras machacar sin misericordia la película, añade: «Admito que la moda esté en deuda con el arte de Saint Laurent». ¡Madre mía! Así que primero se queja amargamente de que otros convierten el oficio de modisto en arte y solo unas líneas después, él hace exactamente eso. Este hombre está pirado. Eso, o el esclavo que escribe sus artículos mientras él se va de parranda con sus amigotes.

No sé, yo creo que estas cosas se pueden cuidar un poco más. Tratar de ser coherente y de enseñar al espectador algo, no convertirlo en un desfile de fobias, de reducirlo al me gusta, no me gusta. Boyero en su estilo y Martínez en el suyo, hacen exactamente lo mismo. Quizás en el caso del corresponsal es más grave, ya que gasta más palabras y trata de esconder sus argumentos bastante cuestionables en un montón de florituras estilísticas con poco o nulo contenido y que suelen terminar con sentencias absolutas del tipo esto es CINE y otros tópicos por el estilo.

Y en fin, supongo que en Cannes hay muchas cosas más criticables. Cada año las coberturas son peores, porque el festival en una espiral autodestructiva (como cualquier evento cultural en este mundo capitalista) es también cada vez peor. En lugar de mantener la compostura y defender sus ideas (los que las tienen), los cronistas se venden al espectáculo de sacarse fotitos con el primer famoso que encuentran y llenar tuiter de comentarios del estilo de «Acabo de cruzarme con Jessica Chastain y casi me desmayo» o «He tomado un café y en la mesa de al lado estaba Robert Pattinson». Entiendo que tuiter es superficial, pero no sé, no son pensamientos que un profesional en su jornada laboral debería proyectar. Twitter ha destrozado el límite entre lo público y lo privado, y en general no es un problema, pero para mi es difícil tomarse en serio a un cronista que dice abiertamente frases como las de arriba para que las lea todo el mundo y luego defiende la naturaleza radical de algún film o se carga la frivolidad pasajera de un film de Hollywood. En poco tiempo, Cannes se convertirá en una mera pasarela de famosos y films oscarizables, como Toronto y estos cronistas no se podrán quejar, porque ellos mismos han sido los primeros en promocionarlo.

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Godard no va a Cannes. Hace cuatro años tampoco compareció y Borja Hermoso, el troll de El País, le dedicó unas bellas palabras. No parece que este año haya en el festival un periodista español de la bajeza intelectual de Hermoso, así que nos ahorraremos otro texto que signifique la vergüenza para toda la profesión. Como curiosidad, leed el tercer párrafo, donde a pesar de los años transcurridos sigue manteniéndose un evidente error tipográfico.

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Cuentas de twitter para seguir Cannes y abochornarse: @luis_m_mundo, @maguerram, @cdelamorTVE, @david_martos (supongo que hay muchos más, pero he querido poner lo más bajo. Se admiten sugerencias)

Cuentas de twitter para seguir Cannes bien:

martes, 11 de marzo de 2014

Off-topic de Titadyn


Hoy, 11de marzo, un post especial al calor de lo leído y escuchado estos días sobre el aniversario del atentado de Madrid. Ya sé que no es de cine y que no actualizo mucho el post, pero me apetecía escribirlo y creo que tiene que ver algo con temas del blog, especialmente la podredumbre actual del periodismo español. Es algo inconexo porque se ha ido gestando desde ayer y he ido incorporando cosas, pero tampoco veo necesario mejorarlo.

«Se vogliamo che tutto rimanga come è, bisogna che tutto cambi»
Al final de Watchmen, el magnífico cómic de Alan Moore y Dave Gibbons, es un muy cuestionable periódico ultraderechista el que queda como único capaz de revelar la verdad sobre toda la conspiración urdida durante la historia. Este final paradójico seguramente molestó a mucha gente, ya que dejaba a la ultraderecha como salvadora de la democracia y la verdad, aunque fuese involuntariamente. Algo que muchos izquierdistas biempensantes jamás podrían aceptar, y más en estos tiempos de campañas globales

Mencionar esto en un artículo sobre el 11-M quizás ya me genere muchas enemistades. Evidentemente, no creo que la teoría de la conspiración de El Mundo y otras plataformas de la derecha más freak fuese a ayudar a nuestra democracia. El principal problema de la famosa teoría de la conspiración es que nació con un fin: demostrar que todo había sido una campaña mediática, apoyado por miembros de los cuerpos de seguridad del Estado y del poder judicial, para echar al Partido Popular del gobierno. Y sobre esa idea orbitó toda la investigación. No, no era periodismo de investigación, sino de justificación. Cada vacío de la causa, cada cosa que no estaba clara, era una pieza más de la conspiración. Si alguna cosa no cuadraba, se obviaba o se reconsideraba de manera que encajase. Se acusó y vilipendió a mucha gente. Y, para mi lo peor, se fijó una insoportable presión mediática sobre diversos personajes públicos. Dos de ellos, la víctima Pilar Manjón o el juez Javier Gómez Bermúdez, seguramente cometieron alguna equivocación que fue utilizada vilmente en su contra. Equivocaciones que no se hubiesen producido o hubiesen sido fácilmente olvidadas, de no ser por la campaña de desprestigio, por la persecución de algunos medios de alimentar el morbo y el sensacionalismo informativo.

Si lo dice Trashorras, debe ser verdad
Yo no estoy completamente en contra de las teorías de la conspiración. En EEUU es un género. La muerte de Kennedy o el caso Watergate son dos temas que han dado a un montón de ficciones y siguen generando gran cantidad de literatura. Algunas son pura fantasía, otras despiertan interés y algún dato relevante. El problema en este caso no creo que fuese las tramas paranoides que se montaron, sino querer ver en ellas un plan de ruta. Poner el título antes de investigar. Así no se puede construir nada coherente. La intención no era descubrir la verdad, sino crear la suya propia. Ya no me voy a meter en los medios de la derecha freak, porque sería como discutir sobre física cuántica en Star Wars, pero sí en algún caso de El Mundo, como este.

También en su día dieron la vuelta al mundo (bueno, a España, no nos demos tanta importancia) la entrevista en portada del periódico de Pedro Jota a José Emilio Suárez Trashorras, el minero asturiano que proporcionó el Titad... uy, la Goma 2, quiero decir, a los terroristas islámicos. La entrevista es una vergüenza. La construcción de la misma es hollywoodiense y disparatada. Trashorras era drogadicto y esquizofrénico, pero eso no frenó a Pedro Jota y su miniyo, Casimiro García-Abadillo (hoy director de El Mundo), en su campaña. Porque lo que decía este terrorista apoyaba su tesis. Evidentemente, el resto de los medios de comunicación criticaron esta entrevista, considerándola despreciable. Era inconcebible que un medio con tanta influencia como este diese espacio, y en su portada, a un delincuente como este, artífice de una de las mayores desgracias ocurridas en este país en el último siglo.

Todos estamos de acuerdo en que esto fue censurable, ¿no? Bueno, parece que todos no. Porque diez años después la mayoría de medios que se llevaban las manos a la cabeza por la infame entrevista, se hacen eco ahora de otra entrevista al sucio Trashorras donde dice justamente lo contrario. Que todo lo hizo para contentar y dar peso a la visión de los Pepe Gotera y Otilio del periodismo español. Parece ser que ahora este hombre ya no es un terrorista, ni esquizofrénico, ni drogadicto. Lo que dice, palabra de santo. Personalmente, ni antes ni ahora. Ni una línea más para una persona directamente responsable de una de las mayores masacres de nuestro país. Aquí tienen al rigurosísimo y comprometidísimo El Diario revolcándose en el fango. Muy explicativa la carta adjunta, donde Trashorras lo confiesa todo, que parece escrita por un niño de siete años. Este hombre tuvo en jaque a la redacción de El Mundo durante años.

Estos días, la campaña contra El Mundo está siendo violenta y agotadora. Los artículos de investigación no están destinados a que el lector comprenda mejor lo que pasó ese día, sino en explicarle que lo que dijeron la tropa de Pedro Jota era una mentira. Esto incluso se ha colocado por encima del recuerdo y el homenaje a las víctimas, de ahí que de las entrevistas a los representantes de asociaciones se destaque principalmente frases que apoyan esto. No digo que El Mundo no se lo merezca. Se merece el escarnio los 365 días del año. Pero precisamente concentrar estos ataques el día del aniversario no es más que una maniobra publicitaria bastante discutible.

Lo que demuestra esto es que lo que molesta de El Mundo no es el tipo de periodismo basura que realizan. Es simplemente que es el enemigo, y no puede haber piedad hacia él. Las tácticas para acabar con él son, curiosamente, las mismas que ellos utilizan. El caso Trashorras sin ir más lejos. Aquí no hay periodismo, simplemente intercambio de golpes. Llega con ver la evolución de El Mundo en el tratamiento del 11-M. Al principio estaba claro que era una conspiración perfectamente urdida. Luego su investigación era un servicio público que ayudaría a desentrañar lo que de verdad pasó aquel día. Y ahora ya son solo pequeñas cosas sin resolver, rincones en los que se acurrucan cientos de ideólogos, cada vez con menos sombra en la que esconderse. Vamos con un ejercicio de hipocresía de Arcadi Espada. He de reconocer que casi nunca lo leo, porque además de inane me parece que escribe muy mal, de manera plana, sin interés y de un academicismo de regla y cartabón. Pero hoy hice una excepción: «Pero lo interesante de la matanza de Madrid es la ausencia de autor a secas. No su ausencia judicial, desde luego; sino su ausencia social. Hay solventes hipótesis fácticas que iluminarían los detalles de este vacío. Una encuesta, por ejemplo, que anotara el tanto por ciento de españoles capaces de dar el nombre de uno solo de los asesinos, como darían el de Mohamed Atta». Esta acusación contra la justicia española, poniendo como ejemplo a la americana se desmonta en dos segundos, lo que tardas en enunciar un sonoro: ¿Quién mató a Kennedy, Arcadi? La justicia americana no ha podido o querido desvelar este misterio y ya hace más de cincuenta años. Matar a un presidente y que nadie te pille es mucho más difícil que poner una mochila en un tren y bajarse en la siguiente estación. Aún así, no hay autor intelectual del asesinato de Kennedy. Tampoco, de momento (ojalá algún día se sepa), del 11-M. Ah, ese viejo tópico del mal (auto)denominado liberalismo español que piensa que en Inglaterra y EEUU hay un Estado racional que funciona con la exactitud de un reloj, y que siempre nos echan en cara para versar los males de España (especialmente de la izquierda). Como dije antes, el periodismo actual consiste en eliminar lo que no nos interesa y repetir hasta la saciedad aquello que nos da un poco de razón. Sigue el descalabro con: «yo no habría visto mal algo de antislamismo. Como no veo mal el antinacionalismo ni el antifascismo ni el anticomunismo». Aquí equipara islamismo y nacionalismo con el fascismo y el comunismo, con lo que viene a decir que un buen musulmán trabajador que va todos los días a la Mezquita y se comporta como un buen ciudadano es lo mismo que un skin head que se dedica a dar palizas a vagabundos. El islamismo no tiene por qué ser algo malo. Sí el fundamentalismo o el terrorismo islámico, que es lo que se puede comparar con el fascismo. Precisamente, pedir que hubiese un poco de antislamismo es reducirlo a los bajos instintos. Recuerdo, poco después del fatídico 11 de marzo, una viñeta donde una mujer se encontraba en el metro con un magrebí que llevaba una mochila y decía para sí misma lo mucho que se criticaba por siquiera pensar que ese hombre, inocente, podría ser un terrorista. Eso es hacia donde nos llevan argumentos como los de Arcadi Espada ese «un poco de antislamismo» a pensar que todo árabe con chandal y mochila, que se comporta de manera introvertida es un terrorista. O pensar que toda persona que se declara nacionalista tiene como objetivo primordial en su vida odiar a España y acabar con ella. La última frase de este nefasto artículo es lapidaria: «Y ha sido por estos coloquios españoles que la matanza de Madrid aún vaga macabra en busca de su autor». Empezando por el tuyo.

Tranquilo Federico, todos tenemos una foto así...
Otro inasequible al desaliento es Federico Jiménez Losantos, que en su propio medio de (auto)propaganda dio lugar a los mayores disparates. No voy a enlazar ninguno porque sería darle visitas. Para lo que quiero señalar, nos llega con su artículo en El Mundo. Comienza con aparentes buenas maneras diciendo que «tiene mucha razón Casimiro en que diez años después del 11-M y por respeto a las víctimas todos debemos reconocer nuestros errores». Alguno pensará que acto seguido se dedicará a pedir perdón, ya no digo por los errores (los periodistas no los cometen nunca, son los lectores y enemigos que malinterpretan), sino por algunas imprecisiones. Nada de eso. Se dedica a señalar los errores... ¡de los demás! Con lo cual le tira también un poco de mierda al director del periódico en el que escribe. Tiene un momento de debilidad con el «Falsa era el arma del crimen de la sentencia, la «goma 2 ECO y vale ya», que, al menos en parte, era Titadyn, según la prueba pericial ordenada por Bermúdez para remediar el desastre del instructor». En ese en parte referido al infausto Titadyn hay un atisbo de duda, de pedir perdón en bajito, cuando hace años lo que estalló en los trenes olía a Titadyn desde Valladolid. O más allá de desiertos remotos y montañas lejanas, que diría el expresidente del gobierno José María Aznar, otro que ha pasado por el trauma de los atentados levitando, como si no fuese con él la cosa, apoyándose en este tipo de teorías.

Pero la bomba es el artículo de Casimiro García-Abadillo, miniyo de Pedro Jota elevado a los altares por los dueños italianos del diario. Como todo clon de su superior, García-Abadillo es una copia mala y que compensa su falta de talento con dosis de manipulación e hipocresía (aún más). Se atreve a decir que fueron «los errores de gestión por parte del Gobierno de Aznar y el aprovechamiento electoral de la masacre por el PSOE, fueron el origen de la polarización en la interpretación de los hechos». No, no, en todo caso, esos errores y ese aprovechamiento electoral fueron lo que alimentaron vuestra teoría conspirativa. Y esta última, a su vez, el origen de la polarización. Dice que «la cúpula de las fuerzas de seguridad y la Fiscalía se empeñaron en poner la conclusión por delante de los hechos», pero sin embargo, las investigaciones de El Mundo siempre fueron inocentes y nunca tuvieron unas líneas editoriales que no se debían romper. Claro, claro. Por eso mismo dice «EL MUNDO puso en duda que el explosivo utilizado fuera Goma 2 Eco (como sostenía la Fiscalía y el juez instructor) y, en efecto, tras las pruebas periciales lo que estableció la sentencia es que lo que estalló en los trenes fue una mezcla de Goma 2 Eco y Goma 2 Ec». Es decir, que años y años de editoriales maliciosos, de acabar con el prestigio y la carrera de mucha gente, todo para defender que los explosivos no eran Goma 2 Eco, sino una mezcla de Goma 2 Eco y Goma 2 Ec. ¿Es cosa mía o esto es un auténtico disparate? O este hombre está completamente tarado o lo estoy yo. Dice que es justo reconocer los errores, pues estaría bien comenzar diciendo que su campaña de descrédito por el tema de los explosivos fue disparatada e injusta. En lugar de eso, se escuda en que algo de razón tiene, en que los explosivos no eran Goma 2 Eco, sino Goma 2 Eco y un poquito de algo más. Años de calumnias por eso. Haber descubierto ese poquito de Goma 2 Ec justifica años de ataques y acusaciones. Debería darle vergüenza decir eso de «quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra», cuando su periódico se limita a lanzar multitud de piedras y luego, cuando le dan a un culpable, colgarse medallas. «Nuestra intención es seguir indagando en la búsqueda de la verdad, como haríamos con cualquier otro acontecimiento» es un comentario cuando menos cuestionable. Algún día me detendré en analizar cómo El Mundo trata las noticias referidas a Telefónica y ver si esto tiene alguna influencia.

A pesar de todo esto y negando por completo el interés e importancia a ataques personales a determinados actores de este drama que fue el 11-M, creo que las teorías de la conspiración obligaron a la justicia a dar lo mejor de sí mismos. No estoy diciendo que indirectamente fuese bueno, pero creo que la documentación generada (la judicial, la que crearon pirados y buscavidas, ni comentarlo), las investigaciones realizadas no solo aporta luz a los hechos, sino que permitirá ampliarlo en el futuro y ayudar a otras investigaciones. En España, muchos procesos judiciales se suelen cerrar de manera polémica (pienso en la trama valenciana de la Gürtel y ya veremos que pasa con Bárcenas y Urdangarín), pero el 11-M fue riguroso y respetuoso hacia el sufrimiento de las víctima.

Lo que me molesta es que como ahora es una realidad la cantidad de miserias y ataques que se escribieron por las páginas de El Mundo todos estos años, ahora el resto de medios pasen a pisotear lo poco que queda. Lo hicieron desde el primer minuto por intereses tan bastardos como los de El Mundo y lo siguen haciendo ahora, como si fueran los depositarios de la razón y del buen periodismo. Sus tácticas son similares (que no iguales). Muchos de ellos han trabajado o trabajarán en El Mundo, porque los intercambios de cromos son habituales. Pero les da igual, lo importante es alimentar la confrontación y fanatizar al lector. Creo que Moore, con el final de Watchmen, criticaba un mundo en el que se movía él, donde el progresismo biempensante pensaba que cualquier táctica que realizaban era correcta y los que representaban el mal, jamás podrían hacer, directa o indirectamente, algo bueno. Un mundo dominado por el maniqueismo.

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El antiguo director de El Mundo, Pedro J. Ramírez, sobrevive en la esfera mediática como celebridad de Twitter. Tal es su endiosamiento que en ocasiones hasta se refiere a sí mismo en tercera persona. Sin ninguna responsabilidad como editor/director del diario, ya se permite ser abiertamente irresponsable. Ahí van unos tuits:

 Y aquí de nuevo, la interpretación malicioso. Las pistas falsas no fueron errores, ni investigaciones que llevaron a ninguna parte. No, fueron parte de una conspiración con un objetivo claro. Jueces, policías y fiscales no están errados, no, están impidiendo que se conozca la verdad. Sin embargo, en El Mundo todo se hizo sin ningún interés y ninguna malicia. Todas las teorías están perfectamente justificadas.
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martes, 11 de febrero de 2014

Vivir es fácil con los ojos cerrados

¿Cómo se le ocurriría el título a David Trueba?
En los años de la revolución francesa, cuando la Asamblea Nacional había tomado el poder y empezaba a procesar a los miembros de la realeza y la nobleza por su actitud irresponsable, estos seguían celebrando sus fiestas y actuando públicamente acorde a sus ritos estamentales. Para las clases privilegiadas lo más importante no es la riqueza ni el poder, sino la apariencia. Con una apariencia y un comportamiento noble, el resto de las cosas vendrían detrás. La realidad es algo que hay que esconder.

Estas prácticas se han trasladado a la actualidad y la gala de los Goya de ayer es un ejemplo perfecto. Cada año, nos dicen que las cifras del cine español son peores, que su situación es precaria, que mucha gente malvive o está en el paro. El año pasado, Candela Peña utilizaba su discurso de premiada, para pedir trabajo. Todos los años, casi como una costumbre, se utiliza la gala para cargar contra las injusticias, las desigualdades sociales y, si gobierna la derecha, contra los políticos. Y no porque los profesionales del cine sean de izquierdas, sino por una razón estética, como indicaba en el primer párrafo. Mostrarse comprometido con las causas más progresistas es lo mejor de cara a la imagen. Algunos dirán que estoy mintiendo y que los profesionales del cine (o al menos los que más agitan el arbol, los actores, productores o directores) tienen un fuerte compromiso social. Pero es difícil de creer si tenemos en cuenta que pese a su terrible situación, siguen celebrando un acto que en nada ayuda al cine, únicamente a industrias de superlujo como la alta costura o la joyería. Las galas son un acto exhibicionista y superficial donde nunca se habla de cine, sino de todo lo que le rodea y que poco le beneficia.

En los años 90, España creció (como siempre gracias a dinero público) como espacio de congresos y grandes macroeventos. No porque hubiese una demanda, sino porque era una buena forma (como se ha demostrado) de ganarse un dineral gracias a la construcción y la corrupción. Así nacieron imperios como el de Rafael Correa (NdA: mis disculpas al presidente de Ecuador, me refería a Francisco Correa) y así se benefició nuestro ilustrísimo Iñaki Urdangarín, organizando jornadas de paz y deporte, y cosas por el estilo. Como en España hace buen tiempo (o suele hacerlo, ahora ya ni eso) y apenas hay obstáculos legales contra el gasto público, se creó una red de congresos, eventos, festivales y demás fastos que vivían del dinero público. Cada pueblo tenía que tener su festival de cine, su evento deportivo, su congreso de algún tipo o su salón del comic. Yo, que he vivido en varias ciudades a lo largo de mi vida, siempre me resultó curioso la proliferación de festivales de magia. Aunque evidentemente la joya de la corona fueron los aeropuertos, cada ciudad tenía que tener uno. Supongo que todo se limitaba a la típica competencia entre ayuntamientos, la voracidad por conseguir votos en base al populismo más primario.

Pero (y con esto volvemos a los Goya) la realidad es que detrás de esto no había nada productivo. Simples espectáculos de masas. Superficiales y gigantescas operaciones publicitarias de los políticos de turno, como esa demencial cruzada de los políticos madrileños en busca de los juegos olímpicos. Y toda esta burbuja imitando al amigo americano. Las galas de premios, los salones del comic, las quedadas de fans, el Halloween, etc... fiestas que han ganado un espacio en nuestra vida cotidiana gracias a la influencia americana. No digo que sea buena o mala, cada cual pensará de una manera, pero mientras en EEUU esto surgió de manera espontánea y además en muchos casos existen para abastecer a una audiencia mundial, ¿qué repercusión tienen fuera de España estos eventos «culturales»? ¿En serio a alguien le interesan, fuera de España, los Goya o el salón del comic de Barcelona? En la ciudad condal, por tener, tienen hasta un salón erótico esperpéntico y de marcado mal gusto. Pero todo sea por hinchar esa burbuja mediática, por llenar espacio en diarios y programas de noticias (siempre estatales, claro), por abastecer a una audiencia endogámica ávida de tener acceso a «lo mismo» que en EEUU.

Pero como todo en esta vida se acaba, el dinero público también, lo que ha dejado en España un paisaje apocalíptico de salas de ferias y congresos que apenas albergan eventos del tipo concursos de tapas o los ya mentados festivales de magia. En los festivales de cine, si seguís este blog, ya sabéis lo que pasa. En muchos casos, se han tenido que buscar patrocinadores, cada vez más presentes, para poder cerrar las cuentas. En el caso de nuestros comprometidísimos Goya no han tenido mejor idea que asociarse con una empresa de trabajo temporal. Así que la mayoría de eventos y reuniones de la Academia de Cine han incluido el logotipo de esta empresa que, al igual que todas las de su tipo, significan precariedad y darwinismo laboral. Este es el compromiso de los Goya. ¿Dónde está el límite? No hay límite para la desfachatez de algunos personajes o empresas. Ojo a esta noticia que aparece en la propia web de la academia. Se considera una «oportunidad laboral» el trabajar una noche como ayudante de entregador de un Goya. ¿Qué valor tendría eso en un currículum? Quién sabe, quizás Adecco ponga a esos cuatro privilegiados entre esas estadísticas que se realizan al final de cada año de la gente que encontró trabajo gracias a su empresa.

Aquí Enrique González-Macho junto a un saco de dinero
 Otra constante en la gala de los Goya es la gente que se agolpa en la calle para protestar. Los primeros años la respuesta de los profesionales de la academia fue reaccionar contra ellos o bien evitarlos, como el año que hicieron una alfombra roja indoor para evitar el chaparrón de abucheos y gritos en contra. O que les lanzaran huevos. Los últimos años esto ha cambiado bastante, con Santiago Segura o Alex de la Iglesia, solidarizándose con los manifestantes o al menos mostrando comprensión. Como mediáticamente fueron muy alabados, parece que otros han decidido seguir su ejemplo, de ahí que varios famosos se acercasen a los manifestantes para mostrar su apoyo. Eran gente manifestándose contra los desahucios o contra el reciente ERE de Coca-Cola, aunque imagino que el significado era no solo la visibilidad de estos premios, sino también mostrar su indignación ante esta exhibición de superlujo en un país tan dramáticamente golpeado por la crisis como España. En la noticia enlazada antes, vemos a los Bardem acercándose a los manifestantes. Luego Bardem salió a entregar un premio o algo así, y no dudó en soltar un discurso sobre el bien y el mal, donde el bien eran sus amigos y él, y el mal el gobierno. Hoy por la mañana, un grandísimo ignorante como Vicente Martínez Pujalte, uno de esos dobermann del PP que solo existen para soltar burradas y que los más fanáticos de este partido se vengan arriba, decía que Bardem no podía quejarse porque había sido defensor de Zapatero. Esto es una tontería, sobre todo teniendo a mano, aún calentito, el caso Bardemcilla, donde la comprometidísima familia Bardem tiró de ERE para finiquitar a todos los trabajadores de un local madrileño que regentaba el único miembro de la familia que no pudo entrar en el show business. No voy a volver sobre ese tema (ya lo hice en su momento), pero dejo aquí un ejemplo del vergonzoso trato que le dio El País al asunto, poniéndose del lado de la estrella y tratando a los trabajadores como basura.

Como no vi la gala y tampoco vi las películas nominadas, no voy a hacer ninguna valoración sobre el tema. Los Goya representan un cine español que no me interesa. Alguno dirá que ya que no me interesa, no debería hablar de él, pero puesto que se paga con nuestro dinero (80000 euros en este último ejercicio), se promociona en nuestros medios de comunicación públicos, creo que tengo derecho (incluso obligación) de hacerlo, y más si lo considero una injusticia y una vergüenza que nada tienen que ver con lo que se le debe exigir a un evento de interés cultural. Los Goya son una pura epifanía capitalista pagada mayormente con dinero público y que encima completan su financiación promocionando empresas que son una falta de respeto a todos los trabajadores y parados de este país. Por lo tanto, la gente que dice eso de «si no te gusta, no lo veas» creo que tiene poca idea de lo que supone esta gala. Bueno, verla, por salud, nadie debería verla, pero opinar sobre lo que significa en la situación de este país, creo que es sano y democrático, dejando de lado opiniones a la Montoro de «todo el cine español es malo».

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Uno de los momentos más polémicos de la gala parece que ha sido el famoso video en recuerdo de los profesionales fallecidos a lo largo de este año. En este repaso, se incluyó a la periodista Beatrice Sartori, que bueno, no digo que no merezca un recuerdo, pero quizás en una gala cinematográfica sobre. Cierto que se dedicó al periodismo cinematográfico, pero no sé, ¿incluirán a Gregorio Belinchón cuando fallezca? Hombre, Sartori era mejor periodista, pero tampoco vamos a valorar su inclusión o no en una cuestión de opinión. Yo veo bien que incluyan a reconocidos críticos que realmente hayan supuesto un antes o un después en la profesión, incluso en el cine español, como José Luis Guarner o Miguel Marías (aunque este último que dure muchos años), pero ese no es el caso de Sartori. Con todo, es una cuestión de opinión. Lo que no es opinable es que Beatrice Sartori no es Nùria Vidal. Todo lo que rodea a esta equivocación huele a cutrez, improvisación y desinterés por parte de la academia de cine (recuerden, ochenta mil euros de subvención).

En ese mismo link hablan de la otra polémica: la inclusión de Concha García-Campoy. Lo más terrible de todo es que justifiquen su aparición por pequeños papeles y porque presentó un programa de cine en Telecinco. Seguramente esas fueron las razones y no que su pareja sentimental era Andrés Vicente Gómez.

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«Estoy listo para mi primer plano, señor DeMille»
Desde que El País lo dirige un holding americano de empresas, cada vez que inician una campaña o seponen comprometidos con algo, es fácil ver una razón detrás. Como los ataques furibundos de este diario a los dirigentes de América Latina o su completo cambio de perspectiva del conflicto palestino-israelí. Bueno, con Polanco también se utilizaban estas tácticas empresariales, pero al menos había periodistas más doctos o en mejor posición para hablar de determinados temas. Uno de ellos no era Iñaki Gabilondo, uno de los creadores y máximos representantes del populismo periodístico de izquierdas en España, tras la farsa histórica de la Transición. Su discurso siempre fue simple, pero airado, de esas personas que defienden que una ama de casa tiene tanto que decir sobre macroeconomía como un nobel de literatura, de ahí que bajo su brazo creciesen «periodistas» como Carles Francino o Ana Pastor. Una vez jubilado de la radio, pasó a la televisión donde hizo el programa de noticias de la recién nacida Cuatro, que al igual que todo el contenido de la cadena, era telebasura de la buena. Su mayor hit fue atacar (verbalmente) a un discapacitado, aunque a su favor hay que decir que después pidió perdón (algo complicado de ver en la profesión).  Ahora, fuera ya de radio y televisión, hace un videoblog en El País, cada vez más escondido y menos interesante. La última entrada está dedicada al cine español y es un auténtico despropósito. No niego que no tenga razón en muchas cosas, pero limitar todos los males de nuestro cine a ataques externos no le hace ningún favor a la industria, ni tampoco a la profesión periodística a la que, por suerte, Gabilondo ya apenas se dedica.

Otro que tampoco aparece mucho últimamente (lo que agradecen mis ojos y mi sistema digestivo) es Borja Hermoso. Pero sí aparece cuando hay que dejar clara la línea editorial en cuestiones de cultura o bien cuando hay que colgarse medallitas por alguna exclusiva basura (como lo del cierre de los Verdi). Hoy escribe sobre el desplante del ministro Wert, el primero ministro de cultura que se ausenta de la gala en toda su historia.

Respecto a lo de Wert, a mi su espantada me parecería bien, si mañana cambiase de arriba a abajo el sistema de subvenciones, eliminando las ayudas a amortización, impidiendo chanchullos en el tema de las coproducciones o a la hora de colar proyectos por enchufe, que defendiese festivales de cine y programas de exhibición y promoción del cine español en pueblos y provincias a donde no llega. Si hiciese todo eso y mandase a tomar viento a la clase alta del cine español, a esa que vive en la burbuja, pues entonces le diría que bien hecho. Pero claro, la realidad es diferente, y Wert es un ministro que se mostró chulesco y autoritario en sus declaraciones del último año, y ahora se escapa como un cobarde de una gala que iba a ser un acoso y derribo contra él. Además, no lo neguemos, si no fuese por los discursitos estéticos anti-PP, esta operación publicitaria que son los Goya es lo que entiende el actual Partido Popular por cultura: fiesta, folclore, glamour... Solo hay que ver la Comunidad Valenciana.

En cuanto a Borja Hermoso, se podría citar todo el texto, línea a línea, para dejarlo en evidencia. Los dos primeros párrafos son pura basura populista, apelando al español medio y utilizando palabras como «puñetero» o lo de «tomar las de Villadiego» no sé si para incluir en el texto algo de costumbrismo o sabiduría popular, defendiendo el uso del lenguaje de la calle. ¿Y qué decir de ese «tod@s» con arroba incluida para mostrarse multigenérico? ¿En serio el corrector de El País admitió eso para la edición impresa. ¡No me lo puedo creer!

Pero atención a lo que sigue: «Y si resulta que la gente va al curro, coge la piqueta y se traga los sapos y las culebras que hagan falta en la antipática sucesión de los días o del inquietante insomnio de las noches y luego ve que un ministro del Gobierno de España se disfraza de Juan Tamariz y se saca de la chistera una cita en Londres para no estar en los Goya». Ahora piensen en un periodista. Uno que trabaja en El País. Uno que es conocido porque cuando no le gusta un aspecto de su trabajo, se ausenta de él, sin ningún remordimiento. ¿Os suena? Una pista más: es uno de los mejores amigos de Borja Hermoso e hizo, al igual que él el trayecto de El Mundo a El País. ¿A que es fácil? Pues esta es la coherencia de Hermoso.

Dice de los Goya «que es una de las dos o tres convocatorias más importantes del año para quien lleva la cartera de Cultura». Ya veis, el trabajo principal de un ministro no es legislar, ni trabajar para mejorar el funcionamiento de su ministerio, ni acudir a certámenes de literatura, cine, música, etc... No, no, es acudir a la alfombra roja de esta exhibición de superlujo a hacerse fotos con González-Macho, Bardem y el resto de la Marca(Cine)España, que no el  «cine español» en su totalidad, como nos quieren vender. No, el cine español es la clase privilegiada, no los miles de trabajadores y creadores que hay detrás. Y Borja Hermoso dice que lo importante de un ministro es ir a esa gala. Porque para El País y para Hermoso, eso es lo importante del cine: la fiesta, la exhibición de lujo, el glamour. Eso es lo que vende periódicos. El populismo más rancio.

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Por si no había suficientes galas ni saraos en el cine español y todo lo que le rodea, algunos periodistas no tuvieron mejor idea que crear una nueva. Tiene el infame nombre de Premios Feroz y los da una asociación con el pomposo nombre de Asociación de Informadores Cinematográficos de España, que realmente parecen ser El País, El Mundo, Cinemanía y algunas tuitstars de periódicos regionales. Se autodenominan «los globos de oro españoles», a pesar de que ni los da la prensa extranjera asentada en España y valoran únicamente el cine y no la televisión (ya es difícil valorar la producción cinematográfica como para ponerse con el holocausto televisivo), aunque aún resulta más esperpéntico ese «antesala de los Goya», como si esta absoluta irresponsabilidad de nuestra industria necesitara además un primer plato. Ya es suficientemente indigesta de por sí sola.

Al menos se puede decir que no tenían como patrocinador una ETT. No, en su lugar tenían a Gas Natural Fenosa. Casualidades del destino, un par de semanas después de la confirmación del patrocinio se desvelaba el pufo de las eléctricas para subir la factura de la luz. Evidentemente, hay mayores razones de peso para estas subidas de tarifas, pero no es lo más razonable de cara al consumidor que le claven un puñal en la factura y al mismo tiempo vea en la televisión cómo patrocina cosas tan inanes como esta. Parafraseando a Borja Hermoso en su artículo sobre Wert, yo creo que las eléctricas deberían ser expertas en simbología.

De la gala solo vi un par de minutos (la presentaba una actriz de Los Serrano, ahí el nivel) y tenía a periodistas y profesionales del cine en mesas redondas, bebiendo y subiendo tambaleantes a recoger los premios. Tan tan tan innecesarios son estos galardones que encima votaron prácticamente lo mismo que los Goya, con notables innovaciones (¿?) como las categorías de mejor trailer y mejor cartel.

Puesto que son periodistas comprometidos con el futuro del cine español y su viabilidad, así como de la promoción del cine diferente y que no tiene acceso al circuito comercial, la Asociación de informadores cinematográficos de España no se presentará jamás a las ayudas del ICAA a la organización de festivales y certámenes cinematográficos. Que será siempre algo privado sin ayudas públicas de ningún tipo. Imagino que sí, porque muchos de sus miembros participaron en la defensa de festivales de cine como el Punto de Vista y otros amenazados por los recortes. No sería muy coherente que ahora compitiesen con esos mismos certámenes por una financiación pública para su alfombra roja y su photocall. En un par de meses lo sabremos.

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El año pasado, en el Festival de Venecia, Carlos Boyero dijo que se sentía hastiado y que iba a pedir que no le siguiesen llevando a festivales de cine, o al menos a aquellos que no tuviesen muchas películas que le gustasen. Parece que ha cumplido su amenaza y por eso no lo tenemos este año en la Berlinale. En su lugar, El País manda a Belinchón, que intentará dejar alto el pabellón tras la renuncia de su amigo. A Boyero se le podría aplicar el mismo dicho que a Zapatero: «alguien vendrá que bueno te hará»

viernes, 13 de septiembre de 2013

Nuevo cine festivalero

Tiene pinta de hacer películas para chupar subvenciones
Viernes de estrenos, y otra semana más que ejemplifica mi teoría de la conspiración respecto a la política cultural de El País. Tampoco quiero decir que sea algo matemático, que siempre se culpa, pero también creo que nadie puede negar una cierta tendencia. Dentro del descuido generalizado que recibe el cine. Quiero decir, que si nos ponemos, hasta la película más comercial, hasta la más oscarizable, es banalizada e injustamente analizada por los críticos de este periódico en base a tópicos, lugares comunes, frases hechas, etc... Parte de la culpa de todo esto la tienen la falta de espacio y la precariedad laboral. Pero dentro de todo esto, el que se lleva la peor parte es el cine de autor. Creo que desde que se popularizaron ciertos directores que apelaban a tácticas comerciales agresivas para vender sus películas (Von Trier, Winterbottom, Haneke), todo el que no se presta a ese espectáculo es mirado como una curiosidad, un ovni o algo de lo que genuinamente hay que desconfiar. Si hace días El País hablaba de Nueva comedia española, parece que hoy viernes tocaba «nuevo cine festivalero».

Debido al éxito internacional de Arraianos en diversos festivales, tanto españoles como extranjeros, parece que la película consigue estrenarse de manera reducida en Madrid, Barcelona y A Coruña. Imagino que tarde o temprano llegará a otros sitios. Yo esperaba que, como en mi pueblo tenemos la semana que viene un pequeño certamen de cine de autor, también estuviese el film de Eloy Enciso, pero quizás era demasiado pronto (en Lugo nos hemos acostumbrado a que nos lleguen las películas con años de retraso). Estreno pequeño, pero aún así noticiable para diversos medios. No todos, porque muchos ya se han quitado la careta y pasan del cine como cultura, pero sí algunos. Entre ellos, El País, que sigue erre que erre, reseñando películas con críticos que no entienden ni papa, apelando a un pasado mejor, donde había un esfuerzo por comprender las películas y mostrárselas al lector/espectador. El encargado de hacer la crítica es Javier Ocaña, ese crítico conocido por sembrar siempre la semilla de la sospecha sobre todas aquellas películas que se apartan de los cánones comerciales, de lo normal. A favor o en contra, Ocaña siempre alerta al espectador de que hay que tener cuidado con estas películas raras, porque puede ser que el director sea realmente un timador, alguien dispuesto a llevarse nuestro dinero apelando al gran arte y al cine diferente. Hasta ahora, su punto álgido había sido su crítica de Aquí y allá de Antonio Méndez Esparza, donde Ocaña defendía que lo políticamente incorrecto para un crítico era defender una película de Hollywood que veían millones de espectadores antes que una difícil película de autor que no veía nadie. Decía eso en un medio vendido al más pueril neoliberalismo como El País, donde muchos artículos de sus secciones de Cultura y Tecnología no son más que telepromociones de grandes compañías. Ya ven el morro que tiene.

Hoy Ocaña se ha superado con su reseña de Arraianos, donde además de insistir en la misma idea de tratar al director como un impostor, dice cosas que son directamente falsas. Pero antes vamos a un análisis detallado. «Se abre la película y, en medio de un bosque, dos mujeres mayores miran lontananza. De cuando en cuando, casi sin mirarse, sueltan frases que parecen formar una conversación sobre las clases de árboles. De momento, el espectador no ha agarrado la metáfora, si es que la hay». Resalto en negrita el espectador, así, en tercera persona. ¿Ha hecho Ocaña una encuesta entre los espectadores que ya han visto la película? ¿Tiene algún método precognitivo para saber qué entiende y qué no el espectador? No, claro que no. Es el tópica habitual de los malos críticos. Cuando no entienden algo o no les gusta, siempre lo extrapolan a una mayoría. Ya saben, «la sala», «el público», «el espectador». No, Javier, eres tú quien no ha agarrado la metáfora, si es que la hay. No le eches la culpa al espectador, no te escondas tras él. Luego, sobre la manera de articular sus diálogos, dice: «Nadie, ni los más sabios del lugar, dice: “Tienes que acostumbrarte a ver el mundo sin complejidades, en bloques que no se desmigajan”. La impresión es que la charla está guionizada». De nuevo, habría qué preguntarse a qué sabios de qué lugares conoce Ocaña, pero no vamos a hilar tan fino. Vamos a aceptar que sea verdad lo que dice. Me sorprende, sin embargo, que un crítico tan perezoso y tan poco dado a poner detalles específicos en sus críticas, cite en esta ocasión una frase literal. Se agradece esta muestra de atención, una pena que ésta no sea la misma a la hora de leer los créditos, donde se especifica que Arraianos tiene su origen en una obra de teatro, O bosque, de Marinhas del Valle. Ni hacía falta que mirase los créditos, con molestarse en haber leído las anteriores entradas sobre Arraianos en el periódico para el que trabaja, hubiese bastado. Así que Ocaña, no es solo tu impresión, la charla está guionizada... ¡¡porque están trasladando un texto teatral!!  

«Frontera, he ahí la palabra clave de la película, a la que nunca se puede definir del todo como un documental, pero que nunca es una ficción, aunque haya fragmentos que parezcan escritos a priori». ¿En serio? ¿No diferencia las partes documentales de las teatrales? ¿Es posible? Yo creo que el cronista de El País se quedó dormido en el pase o directamente salió a fumarse un cigarrito a los diez minutos (tras apuntar la frase de marras). Le honra no sentirse orgulloso por abandonar la sala, como su compañero Boyero, pero es muy feo. Si alguien es incapaz de diferenciar una escena donde dos señoras recitan un texto con una clara entonación teatral y otra donde hombres realizan un trabajo agrícola diario, si realmente ve fronteras difusas, yo creo que esa persona no debería dedicarse a escribir sobre cine. O al menos no haciéndolo profesionalmente, puesto que se corre el peligro de que a algún lector se le contagie su reducida visión.

«Cliché, he ahí la otra palabra clave. Porque también en el último lustro se ha desarrollado una suerte de cine de autor que, tendiendo demasiadas veces hacia la autocomplacencia, acaba desinteresando emocionalmente». Y aquí la teoría de la conspiración. El perpetuo dedo apuntador, la mirada sospechosa hacia lo que es diferente, a lo que no se adapta a lo que entendemos por cine. Es gracioso que Ocaña hable siempre de autocomplacencia cuando él repite el mismo discurso sobre un montón de películas que no tienen nada que ver. ¿Cuál es ese cine de autor al que compara con Arraianos? ¿Se refiere al cine de planos largos y que no realizan una mirada directa y realista sobre aquello que filman? Podría admitirle que puede dar esa impresión. No lo comparto, pero tampoco espero que todo el mundo piense como yo. Me gustaría, eso sí, que si se apela a esta clase de argumentos, al menos se citara alguna película. Curiosamente, Ocaña es muy dado a la cita (no tanto como Jordi Costa, pero siempre suele hacer bastantes referencias). Veamos el caso de las otras dos películas españolas que reseña esta semana, La gran familia española y Afterparty. Sobre la primera: «Identificación, sorna, locura, costumbrismo. La tragicomedia de la vida. Todo unido en una reacción tan ilógica y maravillosa como tener un orgasmo vital gracias a un golpeo de balón». Aquí no hay ningún cliché, ya saben, la tragicomedia de la vida, o mejor aún «el relato de otro éxtasis entre la amistad y el amor a través del fútbol: “Illa, illa, illa, Juanito…”». Supongo que ese illa, illa, illa tendría que estudiarse en todas las facultades de periodismo que traten el tema de las nuevas formas de la crítica. Ya ven lo que hacen algunos por rellenar espacios. Pero vamos al tema de las citas. Para La gran familia española, Ocaña hace referencia a Juanito (sí, el futbolista), Siete novias para siete hermanos, el slapstick americano, El guateque, Wes Anderson, así como a dos trabajos anteriores del director, ¡Gol! y Azuloscurocasinegro. En cuanto a Afterparty, sorprende lo bien que Ocaña conoce el mundo en el que se mueve la película, tanto que dice que «el product placement es bestial» y «cameos de famosos (desde la secuencia inicial de Úrsula Corberó, al estilo Scream, hasta los apenas segundos de Pilar Rubio)». La película es machacada sin piedad, pero hay una diferencia abismal respecto a Arraianos, mientras en el slasher producido por Telecinco el crítico muestra perfectamente su conocimiento de este tipo de productos, en el caso de la película de Eloy Enciso no existe ni una sola referencia, solo palabras vagas que apelan a una suerte de cine de autor.

El gran problema de Arraianos es que no se sabe si sus protagonistas van con la roja o con Portugal
Y bueno, podemos soltar lo típico, que en un mundo posmoderno como este, donde nos invaden constantemente con publicidad agresiva, es normal que cualquiera conozca antes a Pilar Rubio o Úrsula Corberó (ya ven el nivel) que Le quattro volte de Michelangelo Frammartino o (niños, tapaos los ojos y los oídos) el cine de Jean-Marie Straub. Pero no sé, yo creo que el crítico de un periódico de cabecera como El País, debería apelar a algo más. Yo creo que ninguna de las dos cosas (ni Rubio y Corbero, ni Frammartino y Straub) son necesarias para hablar de ambas películas, pero puestos a ser exhaustivo y a citar, a poner en contexto las películas, habría que ser justos y hacerlo con todos. Porque se supone que lo que hacen en El País es un trabajo profesional, no un blog de opinión donde cada periodista dice lo primero que se le pasa por la cabeza. De todas formas, lo que se desprende al comparar las tres críticas de Ocaña es que él entiende perfectamente y comparte la visión del mundo de Sánchez Arévalo y desprecia todo lo que muestran y cómo lo muestran Afterparty y Arraianos. Ya sabéis, en La gran familia española todo es auténtico, genuino y sincero; en las otras dos, son simplemente imposturas para limpiar las carteras de sus espectadores potenciales. Evidentemente, Sánchez Arévalo, haciendo una película de bodas en el contexto del mundial de Sudáfrica y con todos los actores de moda del cine español, no estaba buscando ningún objetivo comercial. 

O mejor utilizar palabras de Ocaña: «De modo que, entre la pena y la risa, la ilusión y la fidelidad, La gran familia…, pese a sus dudas, acaba contagiando su espíritu popular: el de un gol que nos dejó con cara de no saber si reír o llorar.». Ya no voy a insistir en ese nos, porque el tópico de extrapolar un pensamiento individual a una mayoría ya lo he tratado anteriormente. Prefiero quedarme con eso de «espíritu popular». Otro tópico de la literatura sobre cine donde lo popular es aquello de raíces hollywoodienses, aquello que mueve masas. Lo popular es el fútbol, las bodas, las borracheras con amigos. Curiosamente el «espíritu popular» de Afterparty no contagia, a pesar de que sus espectadores potenciales suponen una mayoría bastante importante en este país. No contagia porque cada persona tiene su propia visión de lo que es popular, cada uno de nosotros lo relaciona con aquello que consideramos masivo. Personalmente, para mi, lo popular es aquello relacionado con la identidad de los pueblos, aquello que se traslada de una generación a otra, durante siglos. Aquello que permanece. Por eso, no creo que ni La gran familia española ni Afterparty sean cintas populares, son simple imposiciones culturales y cálculos de mercado. Yo el «espíritu popular» lo veo más en Arraianos, donde Eloy Enciso y su equipo se pasaron horas y horas filmando a sus protagonistas, viviendo con ellos, tratando de entenderlos. Personas cuyo conocimiento del torbellino mediático contemporáneo es relativo. El método de trabajar de Eloy Enciso me recuerda al de Pedro Costa o al de Jean-Marie Straub (salvando las distancias, claro, tampoco quiero poner esa carga sobre Eloy), donde el director se comporta más como un campesino, trabajando diariamente, arando la tierra con sus propias manos. Eso es cine popular. Trabajar bajo métodos industriales y apelando a formas de género es otra cosa, no mejor ni peor, por supuesto que no. Hay grandes películas comerciales realizadas dentro de la industria, pero para mi no representan ese «espíritu popular», o lo que yo entiendo por eso.

Sesudas señoras experimentales invaden la cartelera
Por todo lo dicho en el anterior párrafo, tampoco creo que sea justo decir que Arraianos sea cine experimental. Ya he dicho en varias ocasiones que el cine experimental propiamente dicho es algo que históricamente se refiere a una manera de trabajar la imagen y realizar películas. Y Arraianos nada tiene que ver con Maya Deren, ni con Stan Brakhage, ni con Peter Kubelka. Por eso creo que lo de experimental se utiliza muchas veces como un prejuicio, para dejarle claro al espectador que esa cinta es rara y que existe un peligro evidente de que no le guste. En lugar de confiar en los argumentos y en el espectador, el crítico prefiere utilizar la palabra mágica. Y a veces en críticas positivas. Por ejemplo, en La Razón, Sergi Sánchez titula Un experimento que perturba (por cierto, que en la ficha de la película se cambia de género al guionista -y crítico y programador- José Manuel Sande). En la crítica se enuncian los aspectos que menos le han gustado al crítico: «A veces parece que su hermetismo no fluye con espontaneidad de las imágenes sino de un libro de patrones; otras, el experimento logra perturbar y fascinar, lo que no es poco en nuestro quieto cine español». Es algo que puedo compartir relativamente, interpretando a qué se refiere con la primera parte. Creo que la sucesión de escenas teatrales con las documentales es un poco artificial y caprichosa y a veces tienes la sensación de que podría ser esa escena o cualquier otra. Es algo que me molesta mucho más en Le quattro volte (que directamente no me gusta) y a mi, personalmente, me hubiese interesado más un desarrollo más cerrado de la obra teatral en ese contexto.

Y para terminar, decir que este experimento, esta cosa rara, que se estrena en España para engañar a algún despistado, estuvo presente en festivales de Locarno, Hamburgo, Vancouver, Montral, Lisboa, Viena, Sevilla, Tarragona, Nueva York, Ciudad de Mexico, Montevideo, Buenos Aires, ganando premios en BAFICI, en el FICUNAM y en el Festival de Sevilla, así como en el reciente D'A de Barcelona. Pero ya saben que a El País, los festivales de cine solo les interesan de vez en cuando, con determinadas películas. ¿Se imaginan la que hubieran montado si La gran familia española hubiese obtenido todos esos premios? Entonces no hubiera sido una «película festivalera», sino que «los festivales avalan la calidad de la película».

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Si habéis sido responsables y solo habéis leído todo lo anterior para echaros unas risas, sin esperar información, ahora os recomiendo los artículos que a mi más me han interesado de Arraianos. Óscar Brox y Vanessa Agudo (la última enmarcada dentro de una exhaustiva crónica del D'A) escriben dos piezas para Detour. En A Cuarta Parede, página imprescindible para seguir la evolución del cine gallego (especialmente en su gran 2012 donde, además de Arraianos, se presentaron otras dos películas excepcionales: Fóra, de Xan Gómez Viñas y Pablo Cayuela; y Dous fragmentos / Eva, de Ángel Santos), un artículo de José Manuel(a) Sande que repasa su trabajo sobre el texto original. En Transit, una larga y minuciosa entrevista de Covadonga G. Lahera al director, que se suma a la ya enlazada días atrás de Jaime Pena en Caimán. En Acto de primavera (blog fundamental para seguir la actualidad del cine gallego -y del no gallego-), Xurxo González habla de una película en busca del tiempo.

Y en fin, mi recomendación personal. Lo mejor es que podáis verla en el cine, si sois de Madrid, Barcelona o A Coruña. Supongo que tarde o temprano irá a otras ciudades, lo podéis ir consultando en su página web (anuncian un futuro estreno en Lleida). En caso de que no podáis esperar, tenéis la opción de comprar el DVD o de verla en streaming en Filmin. A mi Arraianos me gusta tanto que a Eloy Enciso le perdono lo de Billy Wilder.

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Que vienen los premios

Descubre las cincuenta y dos mil cuatrocientas veintitrés diferencias
En España nos encantan los concursos y las competiciones. La expectación constante, el climax final y el consecuente júbilo o decepción según se preste. Por eso cada año TVE se gasta una millonada en Eurovisión y por eso hemos tenido ocho años de esperpento olímpico madrileño, que amenaza ahora con trasladarse a Barcelona. Esto por supuesto llega al cine. Los festivales de cine y también la crítica ocupan cada vez menos espacio en los medios generalistas. Pero cuando llega la hora de los premios... ¡ay, los premios! Ya lo vimos recientemente en el Festival de Locarno, donde apenas ningún periódico hablaba de la programación del certamen más que para contar anécdotas y la típica basurilla glamurosa, pero cuando llegaron los premios... ¡ojo!¡atención!¡noticia histórica para el cine español!¡un director que no nos interesa gana el premio gordo en un festival que no nos interesa! El nivel de idiocia al que están dispuestos a llegar se me escapa.

Dentro de todo esto, lo que más expectación levanta son los premios de Hollywood. Lógico, son los premios más famosos del mundo y durante 50-60 años solía ganar si no una obra maestra, una gran película. Luego el nivel bajó, como le pasó a la producción de Hollywood, pero aún así cada cierto tiempo aparecían grandes películas. Con el tiempo eso se ha espaciado más, e incluso ganan bodrietes como Argo, The Artist, Crash, Gladiator, The Lord of the Rings y alguna otra que no habré visto. Pero en España el prestigio se mantiene (principalmente porque la mayoría de la crítica, vendida al mercado y al "a ver qué dice la crítica americana" las películas anteriormente citadas le parecen lo mejor de lo mejor) y no es raro escuchar frases del tipo «está de Óscar». Piensen que incluso directores como Almodóvar se vuelven locos cada vez que reciben no ya el premio, sino una candidatura. O Isabel Coixet, que a priori parece alejada de estas cosas (¿alguien se imagina a Isabel Coixet por la alfombra roja de Hollywood?).

Como esto genera tanta expectación y publicidad, todos los años en España hacen una especie de competición o carrera nacional entre las diferentes películas producidas durante la temporada por ver qué película opta a entrar en la carrera por la estatuilla. Como el cine que hacemos en España siempre ha sido para consumo interno y apenas despierta interés internacional (¡malvados masones!), la película elegida termina olvidada entre tantas otras nacionalidades que cada año mandan películas para que el amable bwana americano elija las que más le gusten. El cine español (o más bien lo que nos quieren vender como tal) se mueve por modas y pasamos de un extremo a otro (un año somos antiamericanos y al año siguiente sabemos hacer películas tan buenas como ellos), así que tanto hemos mandado a Garci y a Trueba como a Fernando León de Aranoa e Icíar Bollaín, sin olvidarnos de Juan Antonio Bayona y Agustí Villaronga. Pero para representar a España en los amados premios, antes hay que pasar una serie de eliminatorias donde los académicos (supongo que son ellos) van descartando películas. Primero seleccionan tres y más adelante a la ganadora definitiva.

¿Por qué no escogen a una directamente? Bueno, además de por la expectación, supongo que lo ven como una medida publicitaria. Si tu película ha sido preseleccionada para los Oscar, a lo mejor alguien pica y va al cine a verla. Por eso casi siempre entre la lista de precandidatas están películas que están o estarán en cartelera. Este año Almodóvar estrenó su película ya hace mucho tiempo, fue un éxito de taquilla y no aparece en la lista. Sin embargo sí están Caníbal (Martín Cuenca) y La gran familia española (Sánchez Arévalo, que aprovechan el tongazo ese de estreno limitado que popularizó Garci para meterse en la carrera. Compiten contra 15 años y un día (la cuota del festival de Málaga) y Alacrán enamorado, Bardem mediante. Todas muy previsibles, ninguna con opción alguna de colarse en la preselección definitiva, salvo alguna casualidad altamente improbable. En la carrera de los Óscar nada importa la calidad de tu película, sino más bien su apariencia. Que su ratio de espectadores sea lo suficientemente amplio y que tenga un estilo académico. Pero además de eso, es necesario mucho trabajo de marketing y de publicidad, de ir a las fiestas de Hollywood y que tu película sea conocida. Marion Cotillard ha explicado que su Óscar lo ganó así. Hay mucha literatura analizando cómo se puede ganar un premio y ninguno tiene que ver con la calida. Un ejemplo.

Yo no creo que ninguna de las cuatro seleccionadas tenga alguna opción. Ni siquiera de estar en la preselección definitiva antes de las nominaciones. Ninguna ha estado en un festival fuera de nuestras fronteras. Ninguna tiene como modelo formal el estilo de Hollywood. Ninguna cuenta con grandes medios de producción. Y solo Alacrán enamorado cuenta con la presencia de alguien bien conocido en Hollywood, aunque creo que Bardem hace un papel muy secundario. Quizás habría que mandar esta y esperar a que sonara la flauta, aunque fue un fracaso de público y de crítica, y teniendo en cuenta la respetabilidad que todavía rodea a los premios de la academia, no creo que fuese una noticia bien recibida por los medios. También habría que preguntarle a los académicos qué buscan cuando votos. O qué hay que buscar. Si lo que quieren es elegir la mejor película o la que tiene más posibilidades de ganar. En teoría, para elegir la mejor película ya están los Goya, así que aquí habría que buscar lo otro. Pero a saber...

En cuanto al factor económico, ¿En serio una preselección española ayuda en taquilla a ganar espectadores? Bueno, es innegable que algo de publicidad sí que da. Durante un par de días, casi todos los medios generalistas hablan de películas españolas. El resto de los días hablan antes de la última borrachera de la última quinceañera de Hollywood, antes que de un film como Caníbal. Para La gran familia española, como tiene el fútbol y gente de esa «joven, moderna y desenfadada», pues también ha hecho bastante ruido, pero nunca está algo de publicidad de más. Además, hay mucho chalado en España que se dedica a ver todas las películas nominadas, hasta la que tiene una sola opción en categoría de mejor maquillaje y esas movidas. O que se ven todas las precandidatas de todos los países.

En cuanto a mi, la única que me plantearía ver sería Caníbal, si bien la anterior película de Manuel Martín Cuenca, La mitad de Óscar (ahora Martín Cuenca aspira al Óscar completo, jeje -no me asesinéis por este chiste), me pareció bastante floja. Si tenemos en cuenta que este director ha hecho siempre películas convencionales, su repentina reconversión a cineasta observador, de tiempos muertos y planos largos, suena bastante a engaño. Y lo que es peor, sigue manteniendo muchos tics dramáticos del peor cine dramático, incluido ese delirante final sorpresa que te hace replantearte toda la película. Aunque la película pretende citar L'avventura de Michelangelo Antonioni, está más cerca del cine austriaco o rumano que tanto triunfa en los festivales, con sus inacabables silencios incómodos y violentos, su truculencia emocional y social, a lo que habría que añadir cierto delirio cañí español como aquella escena del taxi con el conductor parlanchín. Viendo el trailer de la nueva, parece que potencia todos los errores de la anterior, aunque al menos ya ha dado para uno de esos artículos de Belinchón a medio camino entre la información y la comedia involuntaria (ojo al concepto «solomillo femenino»)

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Chúpate esa, Pedro
Conectando ya con El País, la noticia de la no nominación de Pedro Almodóvar fue recibida con alborozo en la redacción de Cultura. Tanto que, cuando la noticia estaba en la portada del diario, la única información que daban además del nombre de los nominados, era la exclusión de Los amantes pasajeros. Ya ven, una información fundamental. Es cierto que la ausencia de una película de Almodóvar es noticia, en cuanto a que es uno de los únicos cuatro directores que ha conseguido la estatuilla, además de competir varias veces e incluso ganar con Hable con ella el premio a mejor guión cuando la Academia no la había elegido como película para competir por el premio a mejor película extranjera (habían mandado a Fernando León de Aranoa, con los resultados esperados). Una historia de desaires entre Almodóvar y las gentes del cine español que El País lleva de manera sensacionalista a primera plana, cuando es una noticia muy secundaria. Pero hay que generar expectación, polémica, para tener a la gente excitada y entretenida.

De todas formas, resulta muy raro que no aparezca Los amantes pasajeros entre los cuatro films seleccionados. Esta vez Almodóvar tenía un reparto donde estaba la gran familia del cine español, había hecho muy buena taquilla y quizás no había tenido buenas críticas, pero bueno, ya sabemos que el caso Almodóvar tiene muchos condicionantes que hacen que el criterio de muchos críticos esté bajo sospecha. A mi, gustándome el 90% de las películas del manchego, esta última me pareció la peor de su filmografía, la menos audaz formalmente y la que más se vendía a ciertos tics insoportables de la comedia española.

De las cuatro candidatas, solo La gran familia española tuvo un artículo aparte en El País. Una entrevista-deificación a Sánchez Arévalo, que parece escrito a cuatro manos por Alfredo Urdaci y Tomás Roncero. Os pongo un aperitivo para que os animéis a leerlo entero: «Y el fútbol, la ya mítica final del Mundial de Suráfrica 2010, con su patada voladora de De Jong, su prórroga, su “Iniesta de mi vida”… “Fue el último elemento en llegar al guion, surgió al pensar en cómo enmarcar la boda, y nace de mi afán habitual por poner trabas a los protagonistas. Te casas con 18 años recién cumplidos y tu novia embarazada, con lo que ya tienes a la familia cabreada, y encima coincide con ese partido”». Y para zanjar la cuestión, un tuit de Belinchón, muy poco diestro, como siempre, en esta red social:
Bueno, venga, ya que estamos, no me resisto a recuperar una declaración de Sánchez Arévalo que ya salió en Cinefobia(s) y que, en mi opinión, está muy arriba en la lista de peores declaraciones de la historia. Sobre el protagonista de La gran familia española: «él representa de alguna forma a la Selección Española que juega el mundial, a la España que no tiene miedo de hacer cosas, que se atreve a todo, que no se corta; sus hermanos mayores, sin embargo, representan a la España de cuartos». Dan ganas de ir a ver la película, ¿eh? Se estrena este viernes para coincidir con el día de la final del mundial de Sudáfrica. Mejor que ir a Cibeles.

Supongo que muchos habréis notado que en la captura del titular de la web de El País a Manuel Martín Cuenca le han comido un apellido. Pero a Sánchez Arévalo no. ¿Quién decide esas cosas? ¡Ahhh...! Curiosamente, también se han elegido las precandidatas para ver quién compite en los premios Ariel mexicanos a la mejor película iberoamericana (sí, también hay preselección para esto). Curiosamente, son las mismas, a excepción de Alacrán enamorado, que por alguna incomprensible razón se queda fuera. Bueno, ya el hacer dos votaciones diferentes y que encima salgan resultados diferentes, suena a chiste... quizás haya algún condicionante que no han aclarado.

El delirio llega con Gerardo Herrero, que produce 15 años y un día y que le suelta a Belinchón una de esas declaraciones que hacen época: «Esperemos que esta preselección empuje sus ventas internacionales». Dice muy poco de Gerardo Herrero como empresario si espera que alguien de fuera de España atienda a estas pre-preselecciones. Imaginen a un trabajador de una distribuidora sueca que le dice a su jefe que ha comprado una película española porque es candidata a representar a España a los Óscar. ¿Quién se lo cree? Vender el producto, nadie mejor que Belinchón y el equipo de Alacrán enamorado. Una síntesis perfecta de la película: «Es un Romeo y Julieta ambientada en el mundo del boxeo y protagonizada por un puñado de neonazis». Pero por mucho que me duela, tengo que reconocerle cierto mérito a Carlos Bardem en las siguientes declaraciones, las más sensatas de todo lo relacionado con este esperpento: «Al contrario que el Comité Olímpico Español, somos conscientes que hemos empatado con otras tres películas, que tenemos que pasar otra criba, que después nos tienen que preseleccionar en un pequeño grupo para finalmente entrar entre las cinco candidatas al Oscar al mejor filme de lengua no inglesa. No vamos a tomar café con leche ni a celebrar nada». Cuidado Carlos, que te llamarán antiespañol y titiritero. Bueno, seguramente ya te lo llaman. Pero claro, siempre que alguien del cine sea atacado por ser poco patriota y gastar dinero que estaría mejor invertido ayudando a los que más lo necesitan, siempre podrá tirar de hemeroteca. ¿Eh, Madrid 2020?

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En España gustan tanto los premios y especialmente los Óscar (o eso nos venden masivamente desde los medios), que en El Mundo, pioneros en todo lo relacionado con el mal periodismo, han mandado a Luis Martínez a Toronto. Allí escribe crónicas diarias donde todo gira alrededor de los Oscar. El análisis de cada película jamás elude su potencialidad como film oscarizable. Martínez se convierte en analista de probabilidades como un brocker de bolsa. Tanto es así, que ya ni se considera crítico y habla de ellos en tercera persona: «No es un festival de críticos, aunque los haya despistados y siempre corriendo de una sala a otra». ¡Esos críticos, qué locos!

La que parece que se escapa de los criterios oscarizables es Twelve Years a Slave, la nueva película de Steve McQueen, a la que el redactor de El Mundo le dedica mil eslóganes positivos: «obra maestra incontestable», «impresionante Chiwetel Ejiofor», «el espectador es invitado a experimentar [...] la crueldad inerme y profundamente absurda de la esclavitud», «Cine grande, la cámara de McQueen se maneja siempre como un bisturí», «La idea no es otra que taladrar la carne hasta alcanzar lo otro», «Estamos ante la más inmisericorde disección de la condición humana», «Toronto, pase lo que pase a partir de ahora, es grande». En fin, todas ellas perfectas para encabezar el afiche de la película, o bien para utilizar de cortinilla en el trailer. Todo el texto sigue este esquema de frases cortas e impactantes, todo muy metafórico, donde realmente no se cuenta nada de la película. Frases simples que tanto pueden significar una cosa como la contraria. Ni una sola mención a los Óscar, premios a los que Martínez en las anteriores crónicas ha banalizado. Twelve Years a Slave es algo más. Superior. Es gran cine. Una pena que en los comentarios (el segundo) le recuerden que es precisamente la gran favorita para esos premios.

Toni García Ramón ha debido encontrar muy buenos bares en Toronto, porque no ha vuelto a escribir una crónica del festival, mientras que Martínez, que encima empalma con Venecia, ya lleva tres. ¡Cuidado turistas, Delaney anda suelto!